Todavía recuerdo el día que fui a por él. Había muchos
perros más, sin embargo, yo elegí aquel que estaba allá calladito y manso. Me
advirtieron que por mucho amor que le diera, jamás mostrara una pizca de
afecto hacia mi. No creí a nadie, ignoré los consejos. Allí solo estaba o
y el perro. El perro me miraba con unos ojos brillantes. Era un cachorro
precioso, el cual me embaucaba con una mirada. Entonces, pasé de los otros
perros, pues ese me cautivó y decidí quedármelo. A medida que pasaba el tiempo,
lo quise más y más. El sin embargo no era como yo. Yo le daba
todo, llegué a entregarle mi corazón. A veces sí que vi muestras preciosas de
su parte, incluso llegué a pensarlas como muestras de amor. Viví ilusionada con
mi perrito, con mi perro hermoso. Como una ilusa creí innumerables veces en que
lo estaba haciendo cambiar. Ahora me doy cuenta de lo estúpida que fui, al
creer que ese animal, cambiaría por mi. Para mi era mi perrito, mi hermoso
cachorrito que me hacía reír y muy feliz. Un día observé que no era el mismo,
ya no daba ni esas muestras, ya no se asomaba a la puerta a ver si yo llegaba,
no me lamía la cara ni se acercaba, apenas ya me rozaba. Empecé a darle
vueltas a la situación, decidí seguir teniéndolo hasta que me ladró. No pude
más y comprendí que mi perrito no quería de mi. Me vi obligada a echarlo,
a que fuera a lo que añoraba, su libertad. Luego me arrepentí, y vaya si me
arrepentí. Aunque lo intenté él no quiso volver. Ahora lucho por aceptar que es
lo mejor para ambos, porque yo sufría por quién no me quería y él por lo que no
tenía.

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