No queda más
que el recuerdo de lo que un día fue, o de lo que mi mente creía que era. De
esos días que se pasaban volando entre charla y charla, en los que nos daba la
madrugada hablando de tantas cosas, compartiendo risas y momentos inolvidables.
Dicen que nadie entra en nuestra vida por casualidad, y yo aún me pregunto cuál
fue el motivo de tu llegada, pero más aún, el de tu partida. No consigo
explicarme como se puede pasar de todo a nada en un mísero segundo. Como se
pueden olvidar tantos días, tantas horas, tantas palabras, tantos secretos
intercambiados...Como se puede desvanecer la pirámide más grande y sólida del
mundo en tan solo un movimiento. ¿Quién falló? ¿Tú o yo? ¿Quién tiene la culpa
en esta situación donde reina el orgullo en ambos bandos? Los dos somos
culpables, es así. Somos los causantes de que esto haya terminado de la forma
que fue. Somos unos estúpidos no capaces de guiarnos por lo que nos dicta el
corazón, simplemente abandonamos a la primera de cambio, y dejamos todo atrás,
aunque en realidad es lo que menos queremos. Es ilógico, no nos hacemos daño,
nos hacemos felices el uno al otro, y además nos complementamos, pero el
orgullo mata, y eso es lo que nos ha pasado. Qué lástima, ¿eh? Pero la vida es
así, nos enseña a valorar cuando ya es demasiado tarde, cuando se nos ha
escapado de las manos. Solo me queda desearte buena suerte.

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